Caminando por las calles de la ciudad mire un espejo muy peculiar, entre al almacén, mire otros, pero este me atrajo demasiado, no era muy bonito, pero tenía algo misterioso que hizo que lo comprara, era de marco en madera sin ninguna decoración, simple. El espejo me llamo y yo atendí su llamado. Lo colgué en mi alcoba y el espejo algunas veces, me hacía mirarlo y el reflejo no era yo, era otro, era mi hombre ideal, el que yo quería ser. Pasaron los días y las noches cada vez más el espejo me atraía con su misterioso llamado; cada vez mas yo me concentraba en contemplarme al espejo y mirar aquel hombre; aquel hombre perfecto, que desee ser. Todos los días antes de partir al trabajo me contemplaba en el espejo durante una o dos horas y al llegar a la casa duraba toda la noche contemplándome; hasta que un día deje de ir a trabajar por estar mirando la imagen, después de varios meses mi deseo se hizo realidad me había convertido en aquel hombre perfecto. Yo me había quedado dentro del cuadro, dentro de la prisión de las imagines. No lo sabía, pero lo he descubierto en mi eterna estadía dentro de el, mi prisión es el manantial, convertido en espejo, en el cual narciso se contemplo por primera y última vez.